viernes, octubre 08, 2010

Claude Chabrol, el cineasta al que se llegó a denominar "azote de la burguesía", falleció el pasado 12 de septiembre en París a la edad de 80 años. Fue, antes de convertirse en director, crítico de cine entre 1953 y 1957, en la que dicen que ha sido la mejor etapa de la famosa revista Cahiers du Cinema. En esa redacción, demostró su pasión por el cine americano, por directores como Howard Hawks, Jacques Tourner, Robert Wise, Robert Aldrich o, su maestro, Alfred Hitchcock. El ensayo "Evolución del thriller", publicado en la revista en 1955, cristalizaría su pasión por ese género y anticiparía los temas presentes en su carrera cinematográfica. A la edad de 23 años, y después de iniciar carreras sin nada que ver con el mundo del cine, empiezar a frecuentar el Cineclub del barrio latino presentado por Eric Rohmer, otro cineasta fundamental en el cine francés contemporáneo, lo que a la postre le haría formar parte de la redacción de la prestigiosa revista. Después de publicar una importante obra sobre Alfred Hitchcock junto a Rohmer, se convierte en el productor de sus primeras películas, y de algunas de las de sus amigos.

Sus operas primas como director fueron El bello Sergio (Le beau Serge, 1958), obra de escaso presupuesto rodada en la pequeña ciudad de Creuse en la que una mujer regresa al hogar para reencontrarse con su héroe de la infancia convertido ahora en un empedernido bebedor, y Los primos (Les cousins, 1958), con la que llegó a obtener el Oso de Oro en el Festival de Berlín, ambas películas con evidente contenido autobiográfico y con un fuerte moralismo. Chabrol, con estos primeros films, es considerado fundador del importante movimiento conocido como nouvelle vague (nueva ola), junto a otros autores como Godard, Malle, Rivette a Truffaut, entre otros, que imprimieron una nueva vitalidad en la manera de hacer cine, aunque sea imposible englobar a estos cineastas en una misma escuela al no existir unas premisas ni características comunes. Paradójicamente, esa rebelión contra el cine clásico francés, concretada en las mordaces críticas realizadas en Cahiers du Cinema, desembocó no pocas veces en que los propios cineastas de la nouvelle vague acabaran realizando cine de corte clásico, como fue el caso de Chabrol. A las personas que nos apasiona el cine, y que deseamos otorgarle un horizonte creativo lo más amplio posible, nos parece una actividad lógica y plausible la de los integrantes de aquel movimiento: ruptura con el academicismo para innovar, y volver a él si fuera preciso; tal vez la excepción a ello fuera Jean-Luc Godard, cineasta tan "rompedor" como irritante para el que subscribe. En cualquier caso, no es Chabrol un cineasta fácilmente etiquetable; en su posterior carrera (compuesta por unas 80 películas, incluyendo una veintena para televisión), en la que no puede acusársele precisamente de falta de actividad, se encuentran tanto rasgos de autor y de profundidad artística como la más descarada comercialidad y exhibicionismo. No obstante, Chabrol fue un hombre de notable talento que imprimió pasión en su oficio, incluso en sus películas más irregulares y cuestionables. Aunque el marco de gran parte de sus films fue el de la burguesía, y sobre ella caía la más implacable disección, en la que se observaba la maldad detrás de una vida "respetable", acabó sintiéndose a gusto en un género negro de estilo propio, interesándose más por el desarrollo de la trama y la construcción de personajes que por el mero suspense de saber quién era el asesino. Chabrol confesaría que, casi con seguridad, los dos directores que más habían influido en su obra fueron Fritz Lang, del que admiraba la construcción del espacio fílmico (la puesta en escena), y Hitchcock, por la ironía y la culpa como motivaciones de los actos criminales.

El siguiente film de Chabrol, después de los dos premiados films del inicio de su carrera, será el policiaco Una doble vida (À double tour, 1959), adaptación de la novela del especialista en el género Stanley Ellin, con el que se inicia una etapa junto al guionista Paul Gégauff (con el que ya había colaborado en Los primos); se trata de una obra formalmente muy bella sobre una familia provenzal, aunque tal vez algo falta de contenido, con la que Chabrol tampoco generó un gran entusiasmo. Se inicia a partir de aquí una etapa en la que empieza a realizar comedias costumbristas sobres la alta burguesía parisiense. Les bonnes femmes (1960), es una historia de humor malicioso, considerada por muchos como una obra importante en la nouvelle vague, con la que los autores parecen querer mostrarnos que unos pocos momentos de felicidad pueden tener más peso que el resto de horas grises del día. A ella le seguirían Les godeureaux (1960), variación sesgada de las ideas expuestas en Los primos (en la que Gégauff también trabajó), y la más brillante L'oeil du malin (1961), de nuevo realizando un retrato ferozmente crítico de la alta burguesía. Se considera que una primera etapa de la carrera del cineasta concluye en 1962 con Ophélia, personal adaptación de la obra de Shakespeare, y Landrú, sobre el conocido asesino de mujeres. Ophélia tiene como escenarios el hogar de un exitoso escritor y la finca de una familia de terratenientes, en la cual aparecen unos soñadores jóvenes, en los que se insertan diversos elementos desestabilizadores, internos y externos. Una de las obsesiones de Chabrol será la naturaleza del mal, y también la mirada sobre sus efectos, lo que le conduce a profundizar en la sicología humana.

Es el fracaso de algunas obras de esa primera época, lo que le conduce a un sorprendente cambio de registro con desvergonzadas parodias del recién nacido James Bond cinematográfico, y con evidente influencia del mundo del cómic, como El Tigre (Le Tigre aime la chair fraîche, 1964), El Tigre se perfuma con dinamita (Le Tigre se parfume à la dynamite, 1965) y María Chantal contra el doctor Kha (Marie-Chantal contre le docteur Kha, 1965). Pero es la que puede denominarse tercera etapa de Chabrol, junto al productor André Génovès y de nuevo con el guionista Paul Gégauff, que se desarrolla desde finales de los años 60 hasta comienzos de los 70, la más coherente e interesante. Chabrol insiste en el género policiaco, pero de forma más personal, con Las ciervas (Les biches, 1968), La mujer infiel (La femme infidèle, 1968), Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969), El carnicero (Le boucher, 1969), La ruptura (La rupture, 1970), Al anochecer (Juste avant la nuit, 1971), Relaciones sangrientas (Les noces rouges, 1973) e Inocentes con manos sucias (Les innocents aux mains sales, 1975). Todos altamente inspirados, son feroces retratos del esplendor y la miseria de la burguesía francesa. Es una época en que Chabrol interviene ya directamente en los guiones logrando excelentes descripciones de delincuencia en el seno de la clase acomodada, si bien fieles en algún sentido a los códigos del género policiaco, con rasgos originales y una perspectiva diferente a la de otros cineastas como Godard y Truffaut. Partiendo en numerosas ocasiones de los sensacionalistas titulares de la prensa francesa, los cauces habituales del thiller eran solo apariencia en Chabrol, interesado tanto en la naturaleza del delito como en la ambigüedad de las motivaciones, poniendo el foco en el aparente culpable y en las personas de su entorno. Al igual que los mejores directores del género, Chabrol manipulaba una y otra vez al público haciendo uso de un objeto en apariencia inofensivo con el objeto de crear tensión. La fiesta del placer (Una partie de plaisir, 1975) constituye de nuevo un devastador ataque a la burguesía en la carrera del cineasta francés; la confesión al inicio del film de la infidelidad por parte de un hombre a su mujer, otorgándola el derecho a hacer lo mismo, es el inicio del fin de la falacia del matrimonio, con un retrato inmisericorde de un tipo desagradable y manipulador. La historia adquiere una nueva y terrible dimensión cuando se conoce que el relato está inspirado en la propia ruptura del guionista Paul Gégauff, el cual es convencido por Chabrol para que se interprete a sí mismo (junto a su ex mujer y a su hija, las cuales también fusionan sus personajes con la vida real).

Una desafortunada excepción en el cine de Chabrol, plagado de adulterios y crímenes en la clase acomodada, supone el film Nada (ídem, 1974). Se trata de una historia con diversas interpretaciones, si bien Chabrol se apresuró a declarar que no era cine político, en la que un peculiar grupo de anarquistas pretende secuestrar al embajador de Estados Unidos teniendo como antagonista a un capitán de policía, fascista y ridículo. Richard Porton, en su imprescindible libro Cine y anarquismo. La utopía anarquista en imágenes (Ed. Gedisa, 2001), dedica un amplio espacio a Nada, comenzando por el estudio de unas figuras (supuestamente) anarquistas, propias de la opera bufa y más cercanas en sus acciones a grupos terroristas reales, de ideología leninista, como las Brigadas Rojas o la Baader-Meinhof. El "cabecilla" español de la banda, llamado lamentable y significativamente Buenaventura Díaz, y su apariencia con barba hirsuta, vestido de negro y sombrero de ala ancha, no son más que los estereotipos habituales de cierto imaginario sobre el anarquismo iniciado en la literatura decimonónica. La caracterización como fanáticos de los miembros ácratas del grupo es un ataque frontal a una tradición libertaria real que contradice esa visión, solo parcialmente justificado por la inconcebible torpeza, tal vez presente ya en la novela de Jean-Patric Manchette, de no poseer la mínima cultura política para distinguir a marxistas de anarquistas. No obstante, resulta impactante cómo la fuerza policial acaba aniquilando al grupo y, en un manifiesto final leído por Díaz, parece hacerse una crítica de este terrorismo de opereta, objetivo fácil para infiltrados gubernamentales y, finalmente, fortalecedor de la agenda ideológica del Estado.

El prolífico Chabrol no dejará de trabajar en los siguientes años, también en series de televisión, por lo que su obra en ese tiempo puede considerarse más dispersa e irregular. Destacan Alicia o la última fuga (Alice ou la dernière fugue, 1977), obra insólita, a la que siguen los personales policiacos Los fantasmas del sombrerero (Les fantômes du chapelier, 1982), adaptación de un relato de Georges Simenon en otro brillante retrato costumbrista, Pollo al vinagre (Poulet au vinaigre, 1984), esta vez un guión original en el que la comida cobra una inédita importancia en la obra de Chabrol, y El grito de la lechuza (Le cri du hibou, 1987), sobre la novela homónima de la estupenda escritora del género Patricia Highsmith. Una serie de obras protagonizadas por Isabelle Huppert, con desgarradores retratos de mujeres, como Prostituta de día, señorita de noche (Violette Nozière, 1978), con la que comenzaría la colaboración entre el director y la que se convertiría en su actriz fetiche, ganadora del Premio a la Mejor Actriz en Cannes por este film, en el que se retrata a una conocida asesina de los años 30 que había envenenado a sus padres. Otras películas con Huppert fueron Un asunto de Mujeres (Una affaire de femmes, 1988) o Madame Bovary (ídem, 1991), excepcional versión cinematográfica de la obra clásica de Gustave Flaubert. Otra película notable en la filmografía de Chabrol es La ceremonia (La cérémonie, 1995), cruel historia adaptada de una novela de Ruth Rendell, en la que se mezcla de forma hábil la política y el género negro aderezada de gastronomía y actos criminales. Una idea original de Henri-George Cluzot, el cual trató de llevar a la pantalla en los años 60 protagonizada por Romy Schneider sin que el proyecto pudiera salir adelante, acabó en manos de Chabrol, que acabó rodando en 1994, El infierno (L'enfer); se trata de una eficaz historia sobre un celoso, casado con una bella mujer que interpreta la magnética Emmanuelle Beart, cuya neurosis progresiva arrastra a ambos al averno referido en el título.

La amistad de Chabrol con el Festival de San Sebastián se mantuvo firme desde la presentación de El carnicero en el Zinemaldia en 1970. En 1986, presentó El inspector Lavardin (L'inspecteur Lavardin); sobre esta película Diego Galán, el que fuera colaborador y director del Festival, cuenta una peculiar anécdota en la que la banda terrorista ETA acabó "secuestrando" el último rollo del film saboteando la primera proyección en el certamente donostiarra, ya que nadie se enteró de quién era el asesino. Estamos hablando de un convulso momento en el que ETA acababa de asesinar a su ex militante Yoyes, el GAL mataba refugiados en el País Vasco Francés y el país galo continuaba con su política de expulsiones, por lo que las Gestoras Pro Amnistía iniciaron una campaña de boicot a los productos franceses (¡siendo víctima la obra de Chabrol!). No todas las presentaciones de Chabrol en San Sebastián fueron tan problemáticas y la Concha de Oro recayó en 1997 sobre su notable película No va más (Rien ne va plus), historia en la que Michel Serrault e Isabelle Huppert se dedican a desvalijar ricos profesionales en diversos eventos; en 2001, Chabrol llegaría incluso a formar parte del jurado del festival donostiarra. Dos años después, presentó también un nuevo film, Las flores del mal (La fleur du mal), y entregó en esa misma edición él mismo el premio Donosti a su actriz fetiche Huppert. En la edición de 2004, tuve la oportunidad de ver a Chabrol en persona, presentando su película La dama de honor (Le demoiselle d’honneur), de nuevo una adaptación de la escritora Ruth Rendell; pude observar un hombre entusiasta, jovial, bromista y ácido, que deseaba trasladar al público la pasión que ponía en su quehacer cinematográfico.

En 2006, Borrachera de poder (Lìvresse du pouvoir), Chabrol aborda una trama, inspirada en el escándalo financiero real llamado el caso Elf, en el que a la juez interpretada por Huppert se le encarga desentrañar e instruir un complejo asunto de movimiento y malversación de fondos en el que está implicado un presidente de un importante grupo industrial. La película se esfuerza en retratar las repercusiones del poder, sea cual sea su naturaleza, sobre el espíritu humano y hasta dónde puede arrastrar a los individuos. La película no gustó nada a la poderosa jueza Eva Joly, la cual inspira el personaje de Huppert, y acusó a Chabrol. llevándole incluso a los tribunales, de haber convertido un complicado caso judicial en un cuadro de costumbres e inmiscuirse en asuntos muy personales. Resulta muy interesante la caracterización ambivalente del personaje de la jueza, en el que un aparente deseo de justicia esconde ambiciones personales; Huppert, una actriz menuda de apariencia frágil, pero de gran personalidad interpretativa, era la actriz idónea para el papel. La chica cortada en dos (La fille coupée en deux, 2007) es la siguiente película de un prolífico Chabrol, en la que una atractiva chica es seducida por un maduro escritor erotómano, pero ella decide casarse con un joven y desequilibrado joven, el cual le garantizará cierto estatus social. De nuevo Chabrol quiere abordar en este film la violencia entre clases o, para ser más exactos, entre dos clases con diferente poder, la de los antiguos propietarios y la que representa los medios de comunicación (la protagonista trabaja en una cadena de televisión), mostrando las ambiciones y perversiones de unas personajes bien construidos.

Chabrol siguió trabajando prácticamente hasta el momento de su muerte, con las mismas energías de siempre, y ya había anunciado su presencia en la Seminci de Valladolid, que se celebra en este mes de octubre, en la que se le hará un merecido homenaje. En este mismo certamen, se estrenará su película póstuma, Bellamy, que ya participó en el Festival de Berlín, única colaboración con el conocido actor francés Gérard Depardieu, el cual manifestó así su opinión sobre el cineasta: "Claude era la alegría de vivir, tenía ese amor por la comida, por compartir, lo tenía todo: la historia del cine y la pasión, pero también la infancia, el placer y la risa". Isabelle Huppert diría también estas bellas palabras: "Claude no me filmaba como una mujer objeto del deseo, sino como si fuera su hija, siempre de una manera simple, íntima, muy dulce". No obstante, puede que sea más ilustrativa de su peculiar carácter y de sus intenciones cinematográficas la siguiente frase del propio Chabrol: "La estupidez es mucho más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, mientras que la estupidez no".

Este artículo ha sido publicado en el periodico anarquista Tierra y libertad 267 (octubre de 2010)

Etiquetas:

1 comentarios:

A las 5:46 p. m. , Anonymous Anónimo ha dicho...

http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei/yebra72.pdf

 

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Página principal