jueves, abril 23, 2009

No es una película fácil de ver, ni fácil de digerir, la producción francesa La cuestión humana. Estrenada solo en los Cines Verdi de Madrid -desconozco si ha encontrado distribución en el resto de España-, relegada a una pequeña sala, pero que encontrará, gracias a los milagros del boca a boca y del "buen lenguaje" su público, estoy seguro.
El protagonista, un tipo ilustrado, carente de escrúpulos, sicólogo al frente de un departamento de recursos humanos de una multinacional (esa "cuestión humana" que actúa como eufemismo en el lenguaje para encubrir el horror), un perfecto esbirro, tan frío y técnico como el sistema al que sirve -y como el propio film, en gran parte de su metraje-, pasará por un proceso de leve humanización y de sensibilización -tal vez, siendo muy optimista, irreversible y esperanzador-. Un proceso de concienciación paralelo al de resquebrajamiento del pequeño y mezquino mundo que habitaba. El encargo que le hace la empresa de vigilar a un directivo debido a su extraño comportamiento -quizá, resumido en que se trata de un comportamiento demasiado humano-, le hará descubrir las raíces totalitarias de un sistema en el que él constituye una terrible pieza más del engranaje -la reflexión final de un antiguo empleado sobre el lenguaje "técnico", frío y neutro, que se emplea para maquillar la realidad no tiene precio-. Los métodos sistemáticos de eliminación de vidas humanas empleados por el nacional-socialismo no distan demasiado de los utilizados por la gran empresa en sus técnicas de selección y de reestructuración.
No es una película que hable de un solo holocausto, sino de muchos, de esos holocaustos que están instaurados en nuestra cotidianeidad, de los holocaustos que no nos son ajenos ni podemos ya buscar subterfugios de ningun tipo para eludir nuestra responsabilidad en ellos -no se trata de buscar culpables ni autoculpabilización, se trata de ser más conscientes de la posición que tenemos en el sistema-. De los holocaustos, en definitiva, inherentes a un sistema económico y sociopolítico que tiende a maquillar la realidad -y se vale para ello del lenguaje, tan necesario y tan pervertido-.
Muchos son los planos, secuencias sugerentes en un film que no elude su compromiso radical de denuncia de un mundo deshumanizado ni suaviza un ápice en ningún momento su fuerte propuesta. Desde los crueles rituales iniciáticos de los jovenes directivos hasta la violencia policial -estremecedora resulta una breve secuencia al respecto-, hay una conseguida emulación técnica y estética de la parafernalia nazi. En una de sus inteligentes líneas de diálogo, el veterano y hastiado directivo le recuerda al joven empleado, cuando éste inicia su seudoinvestigación, la etimología de la palabra "archivo" aludiendo a la palabra griega arkhé. El arkhé tiene dos acepciones, que son en realidad complementarias; es tanto la "autoridad" (el "orden social", donde mandan los hombres o los dioses, de ahí la palabra "anarquía" como negadora de dicha autoridad), como la "fuente" o "principio", lo originario (un concepto importante en los albores de la filosofía griega). Creo que este diálogo resume el espíritu del film y resulta esclarecedor sobre los descubrimientos que realizará el protagonista del mundo en que vive.
Ya digo, una obra difícil, densa, probablemente imperfecta -al menos, según los cánones narrativos clásicos-, pero que tiene muy claro qué quiere contar y, probablemente, cómo hacerlo. Puede gustar más o menos esta película, pero dudo mucho que deje a alguien indiferente. Frente a tanta banalidad hija de la posmodernidad, recomiendo la proposición de La cuestión humana, que reflexiona sobre los horrores que ha conllevado el mundo moderno -ese monstruo llamado "razón técnica"-, sobre cómo ha fracasado y se han pervertido sus valores en un mundo deshumanizado, y su conexión con la sociedad de hoy en día.
Atentos todos aquellos mercaderes y especuladores que niegan la "memoria histórica", porque este inteligente y comprometido film es un mazazo para sus intereses.

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